Norah Magazine con Álex Rovira

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Álex Rovira para Norah Magazine

ENTREVISTA CON ÁLEX ROVIRA

Millones de personas repartidas por los cinco continentes han leído sus libros, libros que han transformado sus vidas en uno u otro sentido. Porque al llegar a la última página de cualquiera de ellos, el lector se siente diferente. Comienza a ver la vida de otra manera.

P. Todo empezó con La buena suerte. Claves para la prosperidad, un libro escrito junto a Fernando Trías De Bes. ¿Por qué cree que resultó tan atractiva aquella historia sobre la clave del éxito de las personas? R. En realidad, no fue así, aunque muchos lo crean. Fue con mi primer libro, La Brújula Interior, con el que se inició, en mi caso, una inflexión profesional. Después vino La Buena Suerte, pero ya con La Brújula Interior, la respuesta de los lectores fue formidable y, pasados catorce años desde su primera edición, para mi sorpresa, aún lo sigue siendo. Respecto a La Buena Suerte, quizás buena parte de su éxito global se debió y se sigue debiendo a que es un libro sobre valores universales como el coraje, la responsabilidad, el propósito, la generosidad, la humildad, la confianza, la perseverancia, el cuidado del detalle, la entrega y tantos otros. En ese relato conseguimos –según lo que nos han dicho lectores de todo el mundo y todas las culturas– llegar a la emoción y a la reflexión tanto de adultos como de jóvenes y niños. Esa transversalidad cultural, de género, edad y de formación fue la que provocó aquel fenómeno.

P. ¿Se vieron en la necesidad de gritar a los cuatro vientos que la buena suerte depende de nosotros, que no es algo que caiga del cielo? R. No había tal necesidad. Sí existía el deseo de escribir un relato breve que diferenciara la suerte como azar –la que no depende de nosotros y cuyo signo puede ser favorable o no– de esa otra suerte que es, a ojos de terceros, también azarosa, pero que en realidad es fruto del trabajo. Por ese motivo, quisimos diferenciar dos conceptos, la suerte a secas como azar y la buena suerte como la que se trabaja uno mismo.

P. ¿De qué manera se pueden crear las circunstancias que den lugar a la buena suerte? R. Preparándose y trabajando. Es obvio. Si uno pretende dar al blanco con una flecha y no ha practicado en su vida el tiro con arco ni ha integrado la disciplina, por poner un ejemplo, puede ser que por puro azar acierte a la primera en la diana e incluso en el blanco central, pero obviamente será pura suerte. Pero si uno ve a los arqueros paralímpicos que sin manos y valiéndose de sus piernas y pies tensan, apuntan y dan en el blanco con una precisión quirúrgica, no puede dejar de emocionarse y admirar el ingente trabajo y esfuerzo que ha hecho esa persona para tensar con fuerza, apuntar con precisión y dar en el blanco con sus piernas y pies. Si no lo ves, no lo crees. Pongo ese ejemplo para diferenciar el azar del trabajo con voluntad de excelencia. Las circunstancias se crean con trabajo, consciencia y la mejor actitud: no hay otra. Eso es la buena suerte: la que es forjada, trabajada, dedicada, la que conmueve, inspira, impresiona, admira y, eventualmente, rompe esquemas.

“O te paras a reflexionar o la vida te parará tarde o temprano”

P. Para buscar esa buena suerte de la que estamos hablando, muchas veces hay que salir de la zona de confort, arriesgarse… ¿Por qué hay tanto miedo a hacerlo? R. Siempre hay miedo a abrirse a lo desconocido. Pero no solo hay miedo: hay mucha pereza, inercia, prejuicios, amenazas de terceros –muchas veces bienintencionadas–. Por eso, el cambio resulta tan difícil. En cuanto al miedo, es una emoción natural ante lo que se percibe como una amenaza, aunque esta sea puramente imaginaria. Obviamente, el miedo tiene una función adaptativa ante amenazas reales, pero muchas veces lo que frena e inhibe el cambio personal no sólo son las amenazas o los desafíos reales, sino también los fantasmas que va elaborando nuestra mente y los que alimentan –insisto, muchas veces sin malas intenciones– nuestro entorno.

P. ¿Falta preparación para asumir los posibles fracasos? R. Falta preparación sobre la alfabetización emocional, en general. Y sí, falta preparación para asumir los posibles fracasos, reveses o frustraciones. Y falta saber cuestionar el miedo. Y falta saber poner palabras a las emociones y estados de ánimo. Y falta saber escuchar las emociones de los demás. Y faltan, por desgracia, un montón de habilidades vinculadas a la inteligencia emocional y social que, afortunadamente, van lentamente aprendiendo nuestros hijos ya en la escuela. Pero hay legiones de adultos –muchos de ellos con poder y grandes responsabilidades, véase la clase política global, por poner un ejemplo– que no saben cómo gestionar adecuadamente las emociones ni propias ni ajenas, ni los valores. He aquí el porqué de esta supuesta crisis que hemos vivido es, en realidad, una crisis de valores y de humanidad: la miseria moral ha engendrado la miseria económica.

P. ¿Qué se puede aprender del fracaso? R. Mucho, si hay la voluntad de aprender. Y por supuesto, depende del tipo de fracaso. La sabiduría no nace de la erudición, ni tan solo de la inteligencia. La sabiduría emerge de la reflexión sincera, humilde y valiente. Por ese motivo, hay personas sabias que, por desgracia, no pudieron ir a la escuela y, paradójicamente, hay personas muy bien formadas, pero que carecen del más mínimo ápice de sabiduría.

P. ¿Qué se puede aprender del fracaso? R. Mucho, si hay la voluntad de aprender. Y por supuesto, depende del tipo de fracaso. La sabiduría no nace de la erudición, ni tan solo de la inteligencia. La sabiduría emerge de la reflexión sincera, humilde y valiente. Por ese motivo, hay personas sabias que, por desgracia, no pudieron ir a la escuela y, paradójicamente, hay personas muy bien formadas, pero que carecen del más mínimo ápice de sabiduría.

P. ¿Deberíamos leer más biografías de personajes históricos para entender cómo se hicieron a sí mismos? ¿Qué aprenderíamos? R. Leer, en general, es un ejercicio de cultivo personal imprescindible para desarrollar la imaginación, la empatía, para vivir lo que no podremos vivir en nuestra vida, para sentir, para ensanchar nuestro conocimiento y nuestro marco de referencia de creencias. La lectura, la cultura, es lo que cambia el mundo y permite que nos enriquezcamos en múltiples dimensiones. Por supuesto, la lectura de biografías de personajes históricos, además de ser un ejercicio apasionante y estimulante, nos puede aportar miles de matices a nuestra mirada y modo de entender al mundo. Es un ejercicio magnífico.

P. La vida tan rápida que llevamos no nos deja tiempo para reflexionar sobre sobre dónde estamos, a dónde vamos, si nos hemos convertido en lo que queríamos, si somos realmente felices, etc… ¿En qué momento hay que pararse? R. O te paras o la vida te parará tarde o temprano. Para conocerse es condición necesaria escucharse y para escucharse con sinceridad, el ruido, la inercia y la agitación no son buenos compañeros. Detenerse conscientemente es un magnífico ejercicio de mejora postural –no solo física, también existencial–. Al detenerse se ve más fácilmente qué es el camino para ver y andar de manera distinta. O cambiamos por convicción o la vida nos hace cambiar por compulsión. A eso se le llama crisis. Crisis, crisálida, crisol, crítica, criterio comparten raíz etimológica. En realidad, muchos se pasan la vida huyendo de sí mismos saltando de deseo en deseo sin mirar adentro y sin la capacidad de cuestionarse hasta que algo les estalla en la cara. Y el problema es cuando ese estallido de la inconsciencia salpica a los inocentes que están allí cerca, al lado. Mirando la especie, uno tiene la sensación de que hay una inercia inconsciente que acabaremos pagando con nuevas y más potentes crisis (ecológicas, económicas, sociales, etc), en la medida en que los corruptos no pagan el precio, salen premiados, reciben más votos, y esto es jauja. Volviendo a su pregunta: hay que pararse cuando uno detecta que va perdiendo el equilibrio. Y esto no es solo en sentido figurado; es esencialmente real.

“Como decía Gandhi, en el mundo hay recursos suficientes para satisfacer las necesidades de todos, pero no la avaricia de algunos”

P. Alguna vez le he oído una frase de frase de Woody Allen que me gusta especialmente: “El 90% del éxito simplemente se basa en insistir”. Así dicho, incluso parece fácil… R. Es un aforismo muy divertido y provocador, de los mejores de Allen. Él mismo afirmaba que, tras veinte años de intenso trabajo, consiguió un éxito de la noche a la mañana. Ironía muy verdadera. Como decíamos antes, eso es la buena suerte. Siembra porque, aunque nunca está garantizada una buena cosecha, si no siembras bien, la cosecha seguro que no llegará, y lo importante es lo que aprendas año tras año en el ejercicio de trabajar la tierra.

P. ¿De qué se compondría ese 10% restante? R. Por supuesto de variables no controladas por uno mismo. Y no es un 10%, puede ser todavía más. No tengo idea de cuánto, pero obviamente hay tantas cuestiones que escapan a nuestro control directo… En cualquier caso, la preparación, el aprendizaje, la cultura, la reflexión, el diálogo, la observación, la meditación, el autocuestionamiento… Todos ellos, combinados, son potentes palancas de cambio.

P. Definir el éxito es casi misión imposible, puesto que cada persona tiene un concepto distinto… (para algunos lo es tener un trabajo muy bien remunerado, para otros lo es formar una familia, etc…). ¿Cuál es su concepción personal de éxito? R. Entregarse a la vida para que esta tenga sentido, entregarse de tal manera que uno se olvide de su pequeño yo para ser útil a esto que llamamos vida y, especialmente, contribuir a la mejora de las circunstancias de aquellos que sufren o carecen, para sumar más que para restar, para comprender y no estorbar.

P. Está demostrado que el dinero no da la felicidad. ¿Por qué se empeña la mayoría en seguir engrosando la cuenta bancaria a cualquier precio? R. Por angustia, porque el vacío que tienen dentro lo proyectan en la cuenta corriente. Por falta de amor, por falta de autoestima. Son varias variables a la vez. Es obvio que para vivir con dignidad es necesaria una determinada cantidad de recursos que nos aporten alimento, hogar, medios para una vida digna. El dinero aporta medios para el confort y el bienestar, imprescindibles para una vida digna, ya que con dolor no puede haber felicidad. Dolor moral, dolor ético, dolor físico, dolor psicológico. Luego la función del dinero debería ser evitar el dolor, el sufrimiento a todos los niveles de los que no tienen acceso a lo necesario. Por eso, es imprescindible un mejor reparto de la riqueza. Gandhi lo expresaba con su fina brillantez cuando decía que en el mundo hay recursos suficientes para satisfacer las necesidades de todos, pero no la avaricia de algunos. Respecto a por qué algunos desean tener orondas cuentas bancarias, sería interesante psicoanalizarlos. Le sugiero que entreviste a Rato, a Blesa o a algunas de estas perlitas que ahora están sentadas en el banquillo para que respondan de primera mano a su pregunta. Sería apasionante.

P. Hablando de dinero, la crisis ha dejado una enorme brecha entre ricos y pobres, aniquilando buena parte de la clase media. ¿Cree que hay marcha atrás? R. Por supuesto que habría marcha atrás si los que gobernaran fueran decentes y tuvieran el coraje de hacerlo, pero resulta pasmoso ver en este país cómo se premia la corrupción con aumento de escaños, elecciones tras elecciones. De nuevo, cito a Gandhi: Si los que gobiernan son corruptos son unos dignos representantes de quienes les han votado. Luego, insisto: claro que hay marcha atrás, en casi todo hay marcha atrás, por supuesto que habría marcha atrás, pero el combustible necesario para la marcha atrás a la que se refiere requiere decencia, dignidad y justicia, y parece que de eso –en términos generales– ya no nos queda. Sigue el caloret.

P. Si se sigue repitiendo mucho la palabra “crisis” no saldremos nunca de ella, argumentan algunos. ¿Es cierto? ¿Dejar de hablar de algo es la solución? R. En realidad, no hemos pasado por una crisis: ha sido un robo, una estafa, un engaño. Luego, hablemos de crisis, pero también de todos esos términos y pondremos las cosas en su sitio con la ayuda de una justicia eficaz. Pero si no se habla, si además cuando se habla se utilizan eufemismos, si la culpa siempre es del otro, si además la justicia es lenta porque carece de medios y está politizada, vamos como vamos, y esto reventará por las costuras. Entonces sí, entonces comenzaremos a tener una buena crisis. Pero por lo visto aún nos queda.

P. Aquel que no conoce la historia está condenado a repetirla. ¿Cree que hemos aprendido la lección que nos ha dado esta crisis? R. Para nada. P. Como experto en liderazgo, ¿no estamos algo huérfanos de grandes líderes, capaces de transformar la realidad como hicieron en su día Mandela, Luther King…? R. Por supuesto, y así nos va. Pero ese coraje por amor a la verdad, por solidaridad y por justicia social que necesariamente entraña una disposición al sacrificio personal para el bien común es muy raro, rarísimo de observar. De ahí la excepcionalidad de esos seres a los que cita en su pregunta. Necesitamos ejemplaridad, pero resulta que en los medios de nuestro país triunfan otro tipo de personajes sin oficio ni beneficio que viven del insulto, lo insulso y la obscenidad, y que son referentes de una amplia masa de población, y así nos va, y peor nos irá.

P. ¿Qué podemos hacer a nivel individual para cambiar todo lo que no nos gusta? R. Comprender y no estorbar, como decía mi admirado José Luis Sampedro. Y contribuir a la cultura, al diálogo, a la ternura, a la amabilidad, a la generosidad, cuidando nuestra parcela –de afectos, de proximidad– amorosamente, invitando a una epidemia de respeto por la vida y la dignidad de los vivientes.

P. La desesperanza, el hartazgo y el derrotismo se han instalado entre algunos. ¿Cómo le damos la vuelta a la tortilla? R. No pretendiendo cambiar a nadie y mirando de ser ejemplar en lo que uno hace. Puro sentido común, extraviado últimamente, parece. Como dice el cuento: Maestro, me siento desanimado, ¿qué puedo hacer? Anima a los demás.

P. “Nada hay más inteligente que el optimismo”, Álex Rovira dixit. ¿Cómo podemos aprender a ser optimistas? ¿Cómo contagiamos a los que nos rodean? R. El optimismo lo entiendo, no como el que va proclamando ingenua y tontamente que todo irá bien. El optimismo son los valores en acción. Como decía San Agustín: ama y haz lo que quieras. Pero ama primero. Quien ama es necesariamente optimista, porque quiere respetar, quiere comprender al otro y sus circunstancias, quiere cuidar y quiere inspirar. Amar es la clave, el resto viene solo.

P. ¿Qué tema merece un próximo libro suyo? R. La buena gente. Estoy en ello.


ALGUNAS DE LAS NOVELAS DE ÁLEX ROVIRA

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